Han pasado meses, y Rolando estaba más tranquilo desde que tomó la decisión de no buscar a Sofi. La última vez fue una locura.
En el fondo, Rolando sabía que era su culpa. Por más que se prometía no volver a buscarla, no podía evitarlo. Pero esta vez fue en serio. Comenzó a salir con sus amigos. Al bar, a los pulques, al cine. A simple vista, parecía que las cosas mejoraban para él.
Rolando guardaba bonitos recuerdos de ella. Aunque fueran difusos. Esa vez que ella aceptó salir con él. Esa vez que fueron al café por unos tés. Rolando odiaba el té, pero le agarró cariño al matcha, porque ella se lo recomendó.
Con el paso de los años, es algo que él aún pide al ir a un café.
Sin embargo, todo el plan de no volverle a hablar se le fue al traste en el momento que ella le mandó un mensaje.
Sofi: Hola. ¿Quieres salir hoy? — 3:38PM
Rolando: Hola, ¡qué milagro! ¿A qué debo el honor de recibir tu mensaje? — 3:38PM
«Mierda, ahí vamos de nuevo. Esto es tu culpa, Rolando» pensó.
Sofi: Me gustaría que nos viéramos — 3:45PM
Rolando: Eh, no. Realmente no me gustaría. — 3:50PM
Nueve minutos después, Sofi le estaba marcando.
—Bueno —contestó el teléfono Rolando.
—Hola, bebé. ¿Cómo has estado? —preguntó Sofi.
—No me quejo. Estaba muy bien hasta antes de tu mensaje.
—¿Pasa algo?
Rolando hizo lo posible por contener ese suspiro de molestia. En el teléfono hubo un silencio como de cinco segundos.
—¿Tú qué crees? Había tomado la decisión de no volverte a buscar. Porque siempre es lo mismo contigo. Cada vez que me siento mejor por tus ausencias, es el día justo en el que vuelves a aparecer.
—Bueno, yo...
—¿Qué pasó con eso que dijiste la última vez? ¿Que no podías ser la persona que necesitaba que fueras? ¿Eso no había dejado claras las cosas de tu parte?
—Bueno, es que yo... tú sabes que siempre he valorado lo nuestro.
—¿Lo nuestro? —preguntó Rolando, quien estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar de frustración.
—Lo que tenemos. Siempre te he visto como algo más.
—Y justo cuando quiero dar el siguiente paso...
—... Rolando, ya lo hemos hablado mucho. Te he dicho muchas veces que yo no puedo ser lo que necesitas que sea. Porque no puedo. Siempre estoy pensando en ti.
—Entonces, ¿por qué me sigues buscando?
—No lo sé. ¿Quieres ir por un té?
—Lo siento, Sofi. No puedo.
—Yo sé que te he lastimado. Créeme, ya no quiero hacerlo. Siempre te he buscado porque siempre has estado ahí.
—¿Y crees que es justo que cuando yo necesito lo mismo, simplemente desapareces? No sé nada de ti. No contestas el teléfono. No estás en tu casa. Nadie en tu familia me quiere cerca de ti.
—Ya sabes que no te puedo prometer nada. Y por mi familia no te preocupes, yo los adoro, pero no quiero que tengas que convivir con ellos.
—Bueno, pues tu plan ha funcionado al revés, ¿sabes?
El silencio del otro lado fue largo. Se alcanzaba a escuchar un poco del llanto silencioso de Sofi.
—Vivir es fácil con los ojos cerrados —dijo Sofi.
Rolando sabía a lo que se refería. La única canción de los Beatles que a ella le gustaba. O al menos eso es lo que ella le dijo. Un día, cuando estuvieron juntos, él revisó una lista de reproducción que ella tenía. Tomorrow Never Knows, A Hard Day's Night, Eleanor Rigby y, por supuesto, Strawberry Fields Forever.
Para Rolando, esta relación era la más complicada que había vivido. La primera, para ser precisos. Tuvo otra relación en un lapso en el que Sofi desapareció.
La chica estaba muy prendida de él. Él en el fondo sabía que buscaba una distracción para no pensar más en Sofi. Pero también era injusto. Un día, en un café, él pidió su matcha. Y en eso, Sofi le mandó un mensaje. Es algo que desequilibró totalmente a Rolando, quien trató de disimularlo, pero no pudo evitar contestar de inmediato. La chica lo entendió, y lo cortó en ese momento.
—Y malinterpretando todo lo que ves —dijo Rolando—. No Sofi. Ya no más. Nos hacemos daño y no es justo para ninguno de los dos.
—Perdóname. Siento que siempre que regreso te termino lastimando un poco más.
—Tú lo has dicho. Y sé que también yo te lastimo queriendo ser algo que tú no puedes ser.
Fue un estira y afloja que duró poco menos de diez años. Y era el momento perfecto para cerrarlo.
—Adiós, Sofi —dijo Rolando.
—Adiós, Rolando. Lo siento.
---
Pasaron varios años, y Rolando cumplió. No volvió a buscarla. De hecho bloqueó su número después de esa plática.
Cuando Rolando cursó la maestría, conoció a Elisa. Una chica de carácter fuerte. Fan del café. Coincidieron en una clase de mecanografía. Una optativa que siempre resultó extraña, pero que sí era bastante concurrida con estudiantes de diferentes carreras.
El flechazo fue casi instantáneo cuando comenzaron a platicar, y se dieron cuenta que gustaban de las mismas películas y series.
Así que una de sus primeras citas fue en la cafetería que estaba saliendo de su Universidad.
—Un matcha, por favor —dijo Elisa.
—Bueno, no me importa mucho.
—¿Qué?
—Nada, solo un recuerdo.
En el fondo, Rolando sabía que era su culpa. Por más que se prometía no volver a buscarla, no podía evitarlo. Pero esta vez fue en serio. Comenzó a salir con sus amigos. Al bar, a los pulques, al cine. A simple vista, parecía que las cosas mejoraban para él.
Rolando guardaba bonitos recuerdos de ella. Aunque fueran difusos. Esa vez que ella aceptó salir con él. Esa vez que fueron al café por unos tés. Rolando odiaba el té, pero le agarró cariño al matcha, porque ella se lo recomendó.
Con el paso de los años, es algo que él aún pide al ir a un café.
Sin embargo, todo el plan de no volverle a hablar se le fue al traste en el momento que ella le mandó un mensaje.
Sofi: Hola. ¿Quieres salir hoy? — 3:38PM
Rolando: Hola, ¡qué milagro! ¿A qué debo el honor de recibir tu mensaje? — 3:38PM
«Mierda, ahí vamos de nuevo. Esto es tu culpa, Rolando» pensó.
Sofi: Me gustaría que nos viéramos — 3:45PM
Rolando: Eh, no. Realmente no me gustaría. — 3:50PM
Nueve minutos después, Sofi le estaba marcando.
—Bueno —contestó el teléfono Rolando.
—Hola, bebé. ¿Cómo has estado? —preguntó Sofi.
—No me quejo. Estaba muy bien hasta antes de tu mensaje.
—¿Pasa algo?
Rolando hizo lo posible por contener ese suspiro de molestia. En el teléfono hubo un silencio como de cinco segundos.
—¿Tú qué crees? Había tomado la decisión de no volverte a buscar. Porque siempre es lo mismo contigo. Cada vez que me siento mejor por tus ausencias, es el día justo en el que vuelves a aparecer.
—Bueno, yo...
—¿Qué pasó con eso que dijiste la última vez? ¿Que no podías ser la persona que necesitaba que fueras? ¿Eso no había dejado claras las cosas de tu parte?
—Bueno, es que yo... tú sabes que siempre he valorado lo nuestro.
—¿Lo nuestro? —preguntó Rolando, quien estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar de frustración.
—Lo que tenemos. Siempre te he visto como algo más.
—Y justo cuando quiero dar el siguiente paso...
—... Rolando, ya lo hemos hablado mucho. Te he dicho muchas veces que yo no puedo ser lo que necesitas que sea. Porque no puedo. Siempre estoy pensando en ti.
—Entonces, ¿por qué me sigues buscando?
—No lo sé. ¿Quieres ir por un té?
—Lo siento, Sofi. No puedo.
—Yo sé que te he lastimado. Créeme, ya no quiero hacerlo. Siempre te he buscado porque siempre has estado ahí.
—¿Y crees que es justo que cuando yo necesito lo mismo, simplemente desapareces? No sé nada de ti. No contestas el teléfono. No estás en tu casa. Nadie en tu familia me quiere cerca de ti.
—Ya sabes que no te puedo prometer nada. Y por mi familia no te preocupes, yo los adoro, pero no quiero que tengas que convivir con ellos.
—Bueno, pues tu plan ha funcionado al revés, ¿sabes?
El silencio del otro lado fue largo. Se alcanzaba a escuchar un poco del llanto silencioso de Sofi.
—Vivir es fácil con los ojos cerrados —dijo Sofi.
Rolando sabía a lo que se refería. La única canción de los Beatles que a ella le gustaba. O al menos eso es lo que ella le dijo. Un día, cuando estuvieron juntos, él revisó una lista de reproducción que ella tenía. Tomorrow Never Knows, A Hard Day's Night, Eleanor Rigby y, por supuesto, Strawberry Fields Forever.
Para Rolando, esta relación era la más complicada que había vivido. La primera, para ser precisos. Tuvo otra relación en un lapso en el que Sofi desapareció.
La chica estaba muy prendida de él. Él en el fondo sabía que buscaba una distracción para no pensar más en Sofi. Pero también era injusto. Un día, en un café, él pidió su matcha. Y en eso, Sofi le mandó un mensaje. Es algo que desequilibró totalmente a Rolando, quien trató de disimularlo, pero no pudo evitar contestar de inmediato. La chica lo entendió, y lo cortó en ese momento.
—Y malinterpretando todo lo que ves —dijo Rolando—. No Sofi. Ya no más. Nos hacemos daño y no es justo para ninguno de los dos.
—Perdóname. Siento que siempre que regreso te termino lastimando un poco más.
—Tú lo has dicho. Y sé que también yo te lastimo queriendo ser algo que tú no puedes ser.
Fue un estira y afloja que duró poco menos de diez años. Y era el momento perfecto para cerrarlo.
—Adiós, Sofi —dijo Rolando.
—Adiós, Rolando. Lo siento.
---
Pasaron varios años, y Rolando cumplió. No volvió a buscarla. De hecho bloqueó su número después de esa plática.
Cuando Rolando cursó la maestría, conoció a Elisa. Una chica de carácter fuerte. Fan del café. Coincidieron en una clase de mecanografía. Una optativa que siempre resultó extraña, pero que sí era bastante concurrida con estudiantes de diferentes carreras.
El flechazo fue casi instantáneo cuando comenzaron a platicar, y se dieron cuenta que gustaban de las mismas películas y series.
Así que una de sus primeras citas fue en la cafetería que estaba saliendo de su Universidad.
—Un matcha, por favor —dijo Elisa.
—Bueno, no me importa mucho.
—¿Qué?
—Nada, solo un recuerdo.
FIN.
Comentarios
Publicar un comentario