—Lo primero en lo que tengo que pensar es: ¿qué carambas voy a hacer con ustedes? —aseveró Don Casimiro, pisando nuestro balón con la suela de su zapato.
Sí, fue un error el pegarle a la pelota con todas mis fuerzas. El balón terminó estrellándose con su ventana en una de esas casualidades que tiene la vida.
En el fondo, lo que me importaba era encontrarme con su nieta, Alejandra. Tan linda ella. Pero nunca pensé que para verla, el precio que había que pagar era romper la ventana del viejo más cascarrabias de toda la calle.
—No se enoje, Don Yonimiro…
—Casimiro —interrumpió mi disculpa el viejito con un dejo de resignación. Esta era la tercera vez en el año que nuestro equipo le reventaba la ventana. Y apenas estamos en abril.
Eso sí, les juro por Diosito que las otras dos veces no fui yo. Marco, Pancho y Aurelio son los otros responsables. Todos íbamos en el grupo «6° D» en nuestra primaria.
—¡Le voy a marcar a sus papás! —exclamó Don Casimiro —. ¡Ya estoy harto de que rompan mi ventana a cada rato unos pésimos jugadores!
—¿Cómo dijo? —alcanzó a responder Pancho, con una rabia que no le conocía.
—¡Que son pésimos! —contestó Don Casimiro, como si supiera lo que proseguía.
Pancho se detuvo a pensar por un momento. Es como si en su mente una pequeña idea fuera creciendo como una bola de nieve.
—Vamos a hacer algo, señor. Usted contra nosotros. Cinco penales. Yo soy el portero, nosotros nos turnamos a disparar contra usted —dijo Pancho, como si estuviera seguro de lo que estaba proponiendo.
—OK. ¿Cuál es el trato?
—Buena pregunta. ¿Pueden venir muchachos?
No teníamos ni idea de qué era lo que íbamos a pedir a cambio. Él amenazó con hablarle a nuestros papás. Discutimos entre pedir que nos perdonara lo del vidrio esta vez, o que simplemente no le llamara a nuestros padres. La última vez me pegaron con el cinturón.
—Yo me comprometo a que le pagamos el vidrio el domingo, Don Casimiro —atiné a decir —. Sólo no le llame a nuestros papás.
—Muy bien. Suena como un trato justo. Voy a disfrutar cuando le llame a sus papás.
En ese momento me di cuenta que el señor no pidió algo a cambio de ganar. ¿De verdad lo único que quería era llamarle a nuestros papás?
Desde la ventana, Alejandra volteó y me vio. Agitó el brazo en señal de saludo. Salió corriendo de su casa y nos saludó a todos.
—¿El abuelo va a jugar? —preguntó Alejandra.
—Sí. Penales contra todos nosotros —le respondí, tratando de mirar discretamente esos ojos cafés tan bonitos.
—¿Puedo verlos jugar?
—No veo por qué no —respondí.
Y así fue como nos organizamos, desde la portería contraria a donde se encontraba la casa de Don Casimiro.
—Las reglas son sencillas. Cinco penales. Usted y yo somos los porteros. Usted tirará los cinco penales. Si nosotros ganamos, usted no le habla a nuestros papás. Si usted gana…
—Supongo que ya veremos qué es lo que decido. Y aparte de eso, le hablo a sus papás —dijo Don Casimiro mientras reía maliciosamente.
Lanzamos un volado que ganó Don Casimiro. Él decidió tirar segundo.
Decidí cobrar el primer penal.
—Vamos, abuelo. No dejes que Sergio te anote —exclamó Alejandra, en lo que yo sentí como la peor traición. Aunque por otro lado, Don Casimiro era su abuelito.
Traté de disparar pegado hacia el lado derecho, con potencia. El señor no tuvo problema alguno en detenerlo. Creo que lo que le faltó a mi disparo fue potencia.
Don Casimiro se preparó para disparar. Replicó mi disparo, pero no en balde Pancho era el portero titular del equipo de todo el sexto año. De un salto, se colgó del balón. Después del primer disparo estábamos cero a cero.
Marco era el segundo. Le pegó mal. Muy suave, y Don Casimiro solo estiró levemente el pie para poder atajarlo.
Nuevamente Don Casimiro se perfiló. Tiró bajo, del lado izquierdo de Pancho, quien alcanzó a observar la trayectoria antes de lanzarse y se extendió cuan largo era para atajar el balón.
El tercer disparo era para Aurelio, el mejor delantero de los tres. Aurelio disparó fuerte del lado izquierdo, y sin mucha dificultad Don Casimiro, casi sin esfuerzo alcanzó a bajar ese balón. Seguíamos sin hacernos daño.
Pancho nos dijo que el señor era mejor de lo que decía. Así que había que tener cuidado. Don Casimiro se preparó, replicando el tiro de Aurelio, que Pancho no tuvo problema en atajar.
Para el cuarto disparo Aurelio decidió cobrarlo de nuevo. Se perfiló de forma que no era tan fácil ver con qué pierna y hacia donde iba a disparar. Perfil neutro que Don Casimiro no dejó de seguir con la mirada. Aurelio disparó de pierna izquierda a la parte inferior derecha de la portería. En teoría, era un disparo casi imposible para cualquier portero, pero el señor sacó los reflejos más espectaculares (quién sabe de dónde) que le he visto a cualquier jugador, y detuvo la trayectoria del balón sin problemas.
Pancho se acercó con discreción hacia mí y me dijo que este señor en verdad fue un gran portero. Don Casimiro replicó el disparo de Aurelio. Un disparo bien colocado en la esquina inferior derecha de la portería, pero Pancho atajó de forma espectacular, casi replicando la atajada de Don Casimiro. Cero a cero después de cuatro disparos.
Y es aquí donde Pancho pidió el balón, él quería cobrar el quinto penal. Se perfiló claramente con pierna derecha. Pancho no era jugador de campo, pero sabía disparar muy bien. Ya lo habíamos visto en el torneo de primarias de la zona, donde gracias a él y a Aurelio, nuestra primaria ganó el campeonato del distrito. Unos meses después perdieron en el torneo estatal en cuartos de final, pero esa es otra historia.
Y Pancho disparó. El balón parecía ir hacia el lado izquierdo, que es hacia donde se tiró Don Casimiro. Sin embargo el balón hizo un efecto extraño. Don Casimiro no lo pudo detener esta vez, porque la comba bajó y parecía que iba a entrar. Aún recuerdo ese momento como si fuera en cámara lenta. Alejandra se había acercado hacia mi y me apretó la mano con gran fuerza. Sin embargo, con todo y ese hermoso efecto, nos quedamos con las ganas. El balón se estrelló en el poste.
Y de nuestros cinco disparos, no habíamos anotado ninguno. Sin embargo, el orgullo del abuelito de Alejandra parecía estar herido. Aunque todavía le faltaba un último tiro.
—Buen juego, chicos. Si fallo, ustedes ganan, ¿les parece? —dijo Don Casimiro.
—No sería muy digno ganar cuando el marcador no está a nuestro favor —respondió Pancho.
Sin saberlo, todos nosotros estábamos siendo testigos de un gran duelo de porteros.
Don Casimiro se perfiló. Se quedó pensando unos segundos después del silbatazo. Alejandra tenía un “silbato de emergencias” que siempre llevaba en el cuello, al igual que otras niñas de la cuadra. Nunca entendí a qué se referían con eso. Pero el hacerlo sonar era la señal para el tiro. El viejo hizo unas cuantas fintas, cambiando de perfil. Pancho se quedó inmóvil esperando el disparo. Sin embargo, Don Casimiro hizo un ademán de disparo hacia el lado izquierdo con potencia. Convencido de la posición del pie de Don Casimiro, Pancho se tiró a su lado derecho, cosa que aprovechó Don Casimiro para pegarle de tres dedos y que el balón entrara sin problema a la portería.
Todos estábamos sorprendidos. ¡Este señor a sus casi sesenta años le pegó de tres dedos! Y Pancho en vez de frustrarse y molestarse fue a felicitar al viejo por tan extraordinario disparo. ¿Quién iba a decir que un 1-0 iba a ser la mejor tanda de penales que haya visto en mi vida?
Aceptamos nuestra derrota. Le pregunté a Don Casimiro cuál era su condición.
—La verdad, ya se me olvidó por qué estaba enojado con ustedes.
—La ventana, abuelito —dijo Alejandra, a quien todos volteamos a ver con ojos de pistola.
—Ah, es cierto. Se comprometieron a que iban a pagarla. Así que dejémoslo así. ¿Quieren venir a nuestra casa a comer? —dijo Don Casimiro, a lo cual todos aceptamos.
No sé si fue porque el señor nunca tuvo nietos más allá de Alejandra, o quizás porque al vernos jugar recordó una vieja parte de su vida. Sin embargo, a partir de ahí fue para mí el abuelo amoroso que nunca tuve, y el abuelo buena onda para todos los demás. También es cierto que pude ver más seguido a Alejandra.
Alguna vez Pancho le preguntó a Don Casimiro por qué nunca jugó profesionalmente.
—No lo sé, hijo. Simplemente no se pudo.

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