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Caso (no tan) cerrado

—Esta es una situación difícil de explicar. Ni siquiera sé por dónde comenzar —expresó el joven, que puso la mirada en el piso, como esperando que con eso pudiera tranquilizar a quien tenía enfrente.

—¿Qué le parece si comienza por el inicio? —dijo el policía, quien sacó una libreta de quién-sabe-dónde.

El joven Marcos no tenía ni la más remota idea de lo que aquello significaba. Si del inicio del día, de esa tarde extraña, o de aquello que ese policía le estaba preguntando.

—Depende de qué es lo que quiera saber —respondió Marcos con la cara ligeramente enrojecida de vergüenza.

—¿Qué fue lo que vio? —preguntó el policía, con el semblante ligeramente enfurecido.

—Depende de qué es lo que quiera que le conteste.

—¡Suficiente! ¡Vienes conmigo!

—¡No puede llevarme hasta que no le llame a mi abogado!

—Dos cosas, hijo. Estamos en México, y eso no aplica. Y segundo, ¿con tu edad ya cuentas con un abogado?

—Sí, tengo uno. Pensé que eso me daría tiempo. Pero ya qué. ¿A dónde me lleva?

El policía llevó a Marcos al ministerio público. El policía no sabía ni siquiera de qué acusar a Marcos, hasta que Luciana, la compañera de patrulla del policía llega corriendo al ministerio.

—¡Eres increíble, Pedro! ¿Quieres presentar al Ministerio Público a este muchacho siendo él quién llamó al 911?

—¿En México hay 911? —preguntó Pedro, un tanto confundido.

—Lo que siempre me pregunto es: ¿cómo es que funcionas en general? No sabes nada de nada —dijo Luciana, tapándose la cara con las manos.

—¿Qué hacemos entonces?

—Hay que interrogarlo.

Luciana se acercó a Marcos. Ella se sentía un poco avergonzada de la actitud de su compañero.

—Solo tengo una pregunta. ¿Es verdad que tienes abogado?

—No, solo era porque tu compañero estaba muy acelerado.

Luciana dejó escapar un ligero suspiro.

—Bien, lo que sí te puedo pedir, ya que estamos aquí, es que vengas a mi cubículo. Sí necesito saber qué es lo que pasó.

Luciana llevó a Marcos a su oficina, y Pedro se asomó.

—Dame por favor un segundo, Marcos.

Luciana salió de su oficina, con una pesadez en sus pasos que no podía ocultar el cómo se sentía.

—¿Qué chingados quieres, Pedro? Ya la regaste, déjame arreglarlo.

—Bueno, di lo que quieras, pero la actitud del muchacho es sospechosa, cuando menos.

Luciana se quedó pensando por unos segundos.

—Tú eres la policía mala, y yo el bueno. ¿Está bien?

—No seas tonto, yo estoy salvándote el trasero otra vez y salvando a ese muchacho de tu juicio. No puedo ser la policía mala si ya lo ayudé.

—Sí, pero eso puede hacer que se confíe. ¿No crees?

Luciana pensó por un momento.

—¿Sabes algo, Pedro? A veces no eres tan tonto.

Después de una corta discusión, ambos entraron al cuarto con Marcos.

—¿Yo primero o tú primero? —susurró Pedro.

—Yo empiezo —contestó en el mismo tono bajo.

Marcos permanecía inmovil en esa silla, mientras por su cabeza pasaban miles de escenarios de tortura.

«No es justo», pensó. «Lo único que quería era contarles lo que…»

—Muchacho. ¿Marcos te llamas?

—Sí. ¿Cómo supo mi nombre?

—En la llamada lo mencionaste. Dijiste que tenías una emergencia.

—Sí. Es verdad. Me llamo Marcos.

—Ajá. ¿Puedes hablar de la emergencia que mencionaste?

—No lo sé. Es difícil de explicar.

—¿A qué hora llegaste al lugar? —preguntó Luciana, mostrando todo el temple y paciencia que no tenía fuera de los interrogatorios.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No tengo reloj, y mi teléfono se quedó sin batería.

—¿Sin batería? ¿Cómo es que llamaste entonces?

—El teléfono público de la esquina. Se acabaron los últimos cinco pesos que tenía.

Luciana le hizo una señal a Pedro para que se acercara. Le pidió casi susurrando al oído de Pedro que buscara información sobre el número del que provino la llamada. Pedro simplemente se sentó en una computadora fuera del cubículo. Y confirmó que Marcos llamó del teléfono público con un pulgar arriba. En efecto, Pedro, cuando quiere, puede ser muy efectivo.

—Hablemos entonces del incidente —dijo Luciana.

—¿Qué incidente?

—Por el que llamaste al 911.

—Ah, ese incidente. Bueno… vi algo que no era normal… pero me cuesta trabajo recordarlo.

—Déjame ponerte la grabación.

Luciana sacó su celular, donde ya tenía descargado el audio de la grabación de la llamada.

—Gracias por llamar al 911. Le atiende Marcela Rivera. Dígame, ¿cuál es su emergencia?

—Gracias, Marcela. Habla Marcos Gutierrez. Soy de la Ciudad de México. Hablo porque vi algo fuera de lo normal en el número 54 de la calle Salvatierra.

—Dígame, ¿qué es lo que vio?

—Bueno, es complicado. Vi que alguien que no conozco se estacionó enfrente de ese domicilio.

—¿Por qué cree que es algo fuera de lo normal?

—Porque son un par de viejitos que, hasta dónde sé, no tienen hijos.

—Entiendo. Mando un policía a su ubicación.

Pedro no comprendía por qué la operadora soltó tan rápido el aviso a la policía. Luciana también se mostraba confundida. Ambos se miraron a los ojos por unos momentos, como si no fueran capaces de entender.

Pedro tomó la iniciativa. De inmediato, Luciana se movilizó para investigar las razones de la operadora.

—¿Qué fue lo que viste para llamar al 911, amigo? —preguntó Pedro.

—Pues eso que dije. Un auto se estacionó enfrente de la casa de esa familia. Son una pareja de viejitos que todos adoramos.

—¿Y qué hacías fuera de tu casa?

—Ah, tenía sed. Iba al Oxxo por una coca y el cable de mi teléfono. ¡Diablos! Es verdad. ¿Tardará mucho el interrogatorio? Tengo sed y necesito un cable para mi teléfono.

—Tranquilo, no tardaremos mucho. Cuéntame, ¿el auto era bonito?

—Pues, sí. Era un BMW.

—¿Conoces el modelo?

—Sí, era un BMW serie 6, Gran Turismo.

—Oh, vaya. Un poco viejo ya, ¿no?

—Más o menos, pero se sigue viendo ostentoso.

—¿Y no podría ser que tuvieran un hijo o nieto de visita?

—Hasta donde yo sé, viven solos. Y nunca los visita nadie.

Luciana llegó corriendo. La operadora le dijo que la premura era porque percibió cierta urgencia en el tono de Marcos.

—Tenemos que investigar. ¿Le sacaste información? —preguntó Luciana

—Le saqué hasta el modelo del auto.

Luciana no pudo evitar sonreír un poco ante las dotes de interrogador de Pedro. Le pidieron a Marcos que se fuera a su casa, y una disculpa.

Ahora sabían que tenían que acelerar. Dos nobles ancianitos estaban o estuvieron en peligro.

Cuando llegaron a la calle Salvatierra #54, Pedro y Luciana notaron que ya no estaba el BMW.

—Pedro, ¿el auto estaba estacionado cuando llegaste?

—Eh… déjame recordar… Eh… No. Ya no había ningún auto en la acera.

Luciana se percató que había una cámara del C5 en el poste de la esquina, con la cual podrían ubicar la llegada del BMW.

Ambos bajaron de su patrulla. Y tocaron el timbre.

Justo cuando Luciana estaba a punto de tocar nuevamente el timbre, escuchó una voz de una señora gritando:

—Voy. Esperen un momento, por favor —dijo la anciana, mientras de fondo se escuchaba el rechinar de su andador.

La anciana abrió la puerta. En unos pocos segundos, su rostro cambió de neutro a una sonrisa sincera.

—Hola, polis. Buenas tardes.

—Buenas tardes. Recibimos un reporte del 911 de que ustedes podrían estar en peligro —dijo Luciana.

—Oh. Claro que no. Todo bien por acá.

—Es bueno escuchar eso. Un vecino se preocupó porque vio estacionar un BMW enfrente de su domicilio —dijo Pedro.

—¡Claro que no! —se escuchó un grito desde el fondo de la casa —Estamos bien, ¿verdad, Marisol?

—Sí, todo tranquilo, Javier —respondió la noble Marisol ante el grito de su esposo.

—Eran nuestros sobrinos, Manuel y Alfonso, que estaban de visita rápida. Nada más —dijo Javier, mientras se acercaba con el bastón.

—Eh, verá, señor Javier —dijo Luciana —… Recibimos el reporte y solo hacemos nuestro trabajo. Aunque si usted dice que no pasa nada, podemos retirarnos.

Luciana pudo percatarse que no había golpes, ni maltratos.

—Una cosa más. Huele a café. Abusando de su confianza, ¿podríamos entrar por una tacita?

—Sí, claro. ¡Qué descortesía la nuestra! —dijo Marisol.

El café fue breve. Era una muy normal taza de nescafé con azúcar, la cual se tomaron casi de inmediato. Luciana se detuvo a mirar las figuritas de porcelana, las cuales le recordaban a su propia abuela.

Ambos agradecieron el café, y regresaron a su patrulla.

—Oye, ¿no fue mucho abuso pedirles un café? —preguntó Pedro —Hasta yo sé que está mal pedirle algo a un anciano.

—Necesitábamos entrar sin que se viera algo sospechoso. No hay nada que indique que sufrieron un ataque. Solo faltaría una revisión de las cámaras, y es todo. Parece que no pasó nada.

De inmediato solicitaron el video del C5, entre las 12:00 y 12:30 de la tarde de ese día. La llamada de Marcos fue a las 12:17 PM.

El BMW entró a la calle a las 12:10, y se estacionó a las 12:12. De él salieron dos varones de aproximadamente 30 a 35 años. Tocaron el timbre y entraron a la casa en el momento en que les abrieron la puerta, esto fue a las 12:14 PM.

La historia de los ancianos y de Marcos concuerda.

Así que podían considerarlo un caso cerrado.

Pedro fue, por su cuenta al domicilio de Marcos, situado en el #51 de la calle Salvatierra. Tocó la puerta, dado que esa casa no contaba con timbre.

—Ah, oficial. Buenas tardes. ¿Todo está bien?

—Marcos, gracias por tu reporte. Investigamos a fondo el caso, y no hay nada que demuestre que hubo algo raro con la visita. Incluso la persona propietaria del vehículo tiene el mismo apellido que el matrimonio de viejitos: García. Son sus sobrinos.

—Oh, menos mal.

—¿Una cosa más? Si gastaste tus últimos cinco pesos en la cabina telefónica, ¿cómo ibas a pagar el cable y el refresco?

—Tarjeta de crédito.

—Oh, vaya. Entonces, sí trabajas en algo.

—Sí, soy freelancer. Diseñador gráfico.

—Ya veo.

Marcos estaba más confundido que al principio, pero al final, todo cuadraba.

—Y bueno, esto es de mi parte —dijo el oficial Pedro, mientras le entregaba una Coca Cola a Marcos —. Me disculpo por mi actuar tan torpe al inicio del caso.

—Descuide, oficial. Es algo… complicado. Sí me espanté un poco cuando vi el susto en la cara de la señora Marisol, pero debe de ser normal.

Y en ese momento, Pedro pensó que dejaron pasar información importante.

«Oh, Dios. Esto podría significar… que algo más grave…» pensó Pedro, mientras miraba la lata de Coca-Cola en la mano de Marcos, como si tuviera la impresión de que al verla sería capaz de encontrar la solución a este misterio… «ah, que flojera. Bueno, ya ni modo».

—Nos vemos Marcos. Gracias por todo.

—Gracias a ustedes, oficiales.

¿FIN?

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